Maria Jesús Prieto-Laffargue

VEINTINUEVE de enero. En el Paraninfo del Rectorado de la Universidad Politécnica de Madrid tiene lugar el solemne acto de investidura del compositor Gómez Martínez como Doctor Honoris Causa. En el mismo están presentes los rectores de varias universidades europeas. El magnífico coro interpreta entre otras composiciones el “Veni Creator Spiritus” y la Sinfonia número 9 de Beethoven “Ode an Die Freude”. Su letra, los discursos y el marco en el que se desarrollaban me afianzó en un convencimiento que me ocupa hace tiempo: el proyecto complejísimo que es la conformación de la Unión Europea -un sueño que nació como reacción a un desastre y que hoy se tambalea- solo puede enderezarse transformando el proceso en un proyecto de civilización. De valores. De cultura Europea. Y eso solo puede venir de la mano de la Universidad, recuperando el humanismo que Europa crea y extiende desde comienzo del siglo XI con la fundación de sus Universidades (Bolonia, París, Oxford, Cambridge, Salamanca).
La cultura greco-romana, el desarrollo y difusión de la ciencia, de las artes, de la técnica y del conocimiento aplicado, el espíritu crítico y el espíritu libre.

La construcción de la Unión Europea no puede detenerse. Hoy es tan necesaria como aquella tarde del 9 de mayo de 1950 cuando en el salón del Reloj del Quay d’Rosay de París Robert Schuman presentó un auténtico programa de Europa unida.

En medio de la disrupción geopolítica y tecnológica que caracteriza esta primera mitad del siglo XXI, el bienestar futuro de los europeos y su contribución al progreso de la humanidad no admite más alternativa para las naciones europeas que avanzar unidas. Vivimos en un momento de complejidad, de interdependencia, de declive
de poder de los estados tradicionales. Un momento en el que la inteligencia tecnológica configura tanto las formas de producción y distribución de bienes y servicios como la soberanía geopolítica. En el escenario actual, es difícil que las diminutas naciones que constituyen esa noción geográfica sin fronteras que llamamos Europa avancen solas.

Hoy el progreso social, económico y geopolítico se fundamenta en el conocimiento y en la formación de las personas, esencialmente en hacer muy bien la misión que tienen asignadas las universidades. Y de la
misma manera que en su momento los modelos de universidad “napoleónicos” y “humboldtianos” renovaron y afianzaron la esencia de Europa, hoy los rectores de las universidades europeas y sus consejos de gobierno deben imbuirse de sus responsabilidad y oportunidad a través de la docencia, investigación y transferencia de conocimiento de orientar y relanzar el posicionamiento de Europa en el mundo. Los europeos que forman deben ser capaces de tener sentido crítico. De encontrar de nuevo el sentido común europeo.

La universidad tiene que imbuir, a través de su misión, el espíritu en Europea de una matriz cultural rica en libertad de pensamiento, en controversia, en el diálogo entre los estados nación que forman Europa. Afianzarse en sus raíces cristianas, dotando a sus estudiantes de una actitud ante la vida con profundo respeto a la persona y a los derechos del hombre. Es decir: la vida, la libertad y la propiedad privada. El proyecto europeo avanzará a través de la formación y del conocimiento o no avanzará. El entusiasmo que requiere un proyecto tan complejo exige encontrar aquello que nos identifica y nos singulariza como europeos.

Este mayo, cuando de nuevo vayamos a votar deberíamos reflexionar sobre ello.


(*) La salmantina María Jesús PrietoLaffargue ha sido presidenta de la Organización Mundial de Ingeniería.

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